Presentación del libro 𝗟𝗔 𝗠𝗨𝗦𝗔 𝗗𝗘𝗟 𝗙𝗨𝗘𝗚𝗢, de Judith Escandón, en la Feria Internacional del Libro Coahuila
El pasado 22 de septiembre, nuestra colaboradora, Judith Escandón, presentó su poemario «La musa del fuego», en la Feria Internacional del Libro Coahuila.
Los comentarios estuvieron a cargo de los catedráticos Juan Rivas y de Eugenia Flores Soria.
A continuación, compartimos la reseña que realizó la Maestra Eugenia Flores, al poemario de La musa del fuego.
La musa de fuego: Transmutar desde el amor.
La musa de fuego (LibroStudio 2024), primer poemario de Judith Escandón Juárez, es una obra de tránsitos y convergencias. Es, también, una reunión de voces: muchas mujeres que pueden ser una misma o una misma que puede ser muchas. Pero en ese navegar poético distingo dos senderos que de pronto parecen contradictorios y a veces complementarios. Por un lado, el inicio contundente y atractivo, la metamorfosis de musa a poeta. Y el segundo, los estados de la pasión en sus dos acepciones. La pasión como el goce y el deseo sensual y la pasión, que viene de padecer, es decir, sufrir el amor o la pérdida. De pronto surge, luego, la voz de una madre, la de una hija, la de una mujer que espera, como Penélope (“las palabras se tejen en silencio”, dice), frente al vacío. Todas las ¿vivencias? ¿voces poéticas? ¿imágenes? se entrelazan por una búsqueda profunda y genuina de la poesía. Más adelante, ahondaré en ello. Por lo pronto, empezaré por la primera de las cinco partes titulada “La musa”.
El libro cuenta con un epígrafe de Juan de Dios Rivas que dice: “Las musas escogen al artista y cuando lo quieren solo para ellas lo hacen presa de su irresistible seducción, de su irresistible y permanente seducción”. Esta definición me parece más cercana a la de las sirenas que a la de las musas. El famoso Diccionario de mitología griega y romana de Grimal nos presenta otro concepto:
En efecto, las musas no son únicamente las cantoras divinas, cuyos coros e himnos deleitan a Zeus y los demás dioses, sino que presiden el pensamiento en todas sus formas: elocuencia, persuasión, sabiduría, Historia, Matemáticas, Astronomía. Hesíodo ensalza sus servicios: ellas son las que acompañan a los reyes y les dictan palabras convincentes, las adecuadas para aplacar las riñas y restablecer la paz (p. 367).
En la tradición literaria, las musas son esas mujeres míticas que inspiran a los artistas, así, en masculino, y consiguen a su capricho que ellos logren o no alguna obra sublime en el mundo de las bellas artes. En Occidente, durante siglos, hacerla de “musa” fue de los escasos papeles que la cultura patriarcal nos permitió a las mujeres, como si fuéramos unas fuentes divinizadas que dotamos al poeta (así, nuevamente en masculino) de sus proezas literarias. Como si la capacidad de inspirar, seducir o impulsar a quien escribe solo pudiera tener una explicación sobrenatural. Lo cual es, por supuesto, deshumanizante. En el libro La violencia de género en la antigüedad, coordinado por María Dolors Molas Font, se analiza la ambivalencia de la idea de mujer en el mundo griego, al que refieren como cuna de nuestra cultura y crisol del patriarcado que se ha impuesto:
Por una parte, la mujer es una necesidad que no conlleva nada bueno. Es una desconocida y, como todo aquello que se desconoce, debe inspirar temor, por eso se la dota de características horrorosas y portadoras de desgracias que ella traspasa al resto de la humanidad. A la vez, sin embargo, la mujer es el receptáculo donde se incuban los nuevos griegos y está estrechamente relacionada con la fecundidad y la vida. En el mundo de los humanos este ámbito femenino es ambivalente: por un lado, es un principio positivo, pues se refiere a la fecundidad y es portador de vida, pero, por otro lado, es un principio negativo, en tanto que conlleva algo tan inquietante, por desconocido como la muerte (pp. 10-11).
Ser mujer, en la tradición Occidental (que no es la única que tenemos las mujeres latinoamericanas) conlleva estas y otras cargas, como el peso histórico de tener que demostrar nuestra inteligencia, ante la naturaleza supuestamente “desventajada” de nuestra biología, o el demostrar que ser mujer poeta no es solo producto de “nuestra sensibilidad”, como se les dijo, en su momento, a Sor Juana o a Emily Dickinson. Sino que ser poeta es un trabajo intelectual, como reconoció Pessoa. Por lo tanto, el tránsito de musa a poeta, en una mujer que escribe, es algo mucho más complejo y significativo. Mientras leo el libro de Judith pienso en su metamorfosis. ¿Cómo fue? En el poema “Muerte de una musa” explica: “Ahora no solo inspiro; / también escribo / ―en las páginas de la eternidad― / mi propia eternidad” (p. 24). La muerte de la musa no es absoluta, sino que “yace en sueños” y es su esencia la que “fluye en tinta, / rompiendo el silencio eterno” (p. 22), aunque luego diga: “un silencio transmutado en existir” (p. 26).
El segundo bloque, “Insomnios”, nos muestra otra voz. La de una amada que está a la espera, entre la ansiedad y el anhelo. Este apartado explora con el corto aliento, la poesía breve e intensa que contiene ese sufrimiento tan particular que nos ha fabricado el amor romántico. Hay dos soluciones, que el encuentro suceda luego de la fractura o deconstruir ese otro mito que históricamente tanto daño nos ha hecho.
En “Linajes”, el tercer apartado, el dolor persiste, pero luego se conduce a otras emociones asociadas a la familia: el abuelo, el padre ausente, las hijas. Nos muestra que la vida se abre y somos como el árbol, con múltiples raíces en la tierra y frutos hacia el cielo. En “Estaciones” y “Ganga Ma” construyen una reconciliación con el amor, el pasado y la nueva forma.
En La musa de fuego la poesía se revela. La poeta define, entre la brevedad y el lenguaje lírico, términos tan complejos como el amor o el cambio sustancial. Un ejercicio difícil que aquí fluye con versos como “Hay más verdad en un abrazo” (p. 34), “¿o podría mi deseo / –amoroso, / frágil, / dócil, /maternal– / desgarrar mi angustia” (p. 46). El tránsito de la musa a poeta o a la mujer poeta desembocó en este libro genuino y auténtico, en donde el fuego destruye, pero a la vez limpia y convoca: “¡Desperté! / Lancé todos mis miedos / al fuego. / Y heme aquí, / amando otra vez” (p. 61).



